15 de julio de 2016

Diario de viaje - 21: ¡St. Ives! De gaviotas y otros demonios.

Jenny fue atacada por una gaviota.  Perdió parte de su helado.

St. Ives es un lindo lugar, excepto por las gaviotas.  Te miran desde las alturas, acechándote, esperando el momento en que saques tu comida para ¡pum! robártela en menos de un segundo.  Ni qué decir que después del ataque de Jenny no me sentí tranquila al aire libre.  

Rentamos un bote y fuimos hasta Seal Island y, aunque solo pudimos ver 3 focas (2 de ellas solo asomaban su cabeza del agua y la otra dormía sobre una roca), el paisaje fue maravilloso.  Me hizo pensar en rocas y cuevas prehistóricas, y en el escrito que no he publicado, ese sobre la conjución del mar y el cielo.  Realmente hermoso.  A lo lejos se podía divisar una torre ruinosa, en la cima de ese inmenso verdor.  Imaginaba a una mujer de vestido antiguo y larga cabellera, parada en el extremo del acantilado, pensando en el pasado y contemplando el fondo, el mar y las rocas que la aguardaban.  Quería quedarme allí a escribir eso que mis ojos no veían, pero que mi mente inquieta podía percibir.  No tenía lápiz ni papel, estaba con mis amigos, no era el momento.  Pero es una sensación que persiste incluso mientras escribo estas líneas, una que verá fruto en un futuro próximo.

Al regresar, caminamos por el pueblo.  Teníamos hambre, pero muchos lugares estaban llenos, así que fuimos a una panadería por una orden take away.  Comía mi sandwich en un callejón y me sentía paranóica, vigilando a las gaviotas.  A ellos también les preocupaba que una apareciera de repente y les robara sus pasty de cordero.  Deliciosos, por cierto.  Superado el reto de la comida, compré Rocky fudge en una tienda local.  Demasiado dulce para Caro, perfecto para mí.

Caminamos otro poco y ya fue hora de regresar.  Un día que se hizo muy corto.  Mañana iremos a Bristol y, si todo sale bien, el domingo iré a Tintagel.  Mis amigos no me acompañarán, pero espero que sea tan mágico como parece.

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