4 de julio de 2016

Diario de viaje - 10: Último y solitario día en Londres

Cuando digo solitario quiero decir "sin compañía".  No me refiero a la tristeza o a la melancolía, sino al simple hecho de haber recorrido las calles londinenses con mi cámara y mi bolso, sin mis compañeros.  No se suponía que sería así.  Fuimos juntos al Museo Británico, donde encontré objetos maravillosos.  Supongo que con el ánimo de hacer la visita más divertida para algunos (no imagino porqué no lo sería por sí sola), los directores del programa nos asignaron una especie de "cacería de pistas" que debíamos completar con información de las distintas exhibiciones, por lo que mis compañeros parecían hacer parte más de una carrera de la F1 que de un museo.  Así que decidí separarme de ellos para poder observar, lenta y cuidadosamente, las distintas maravillas.  Lastimosamente no nos volvimos a encontrar durante el resto del día.

Asumo que estaba embelesada en la sección de Egipto, pues cuando dijimos "nos vemos en una hora", no reparé en que no acordamos dónde.  Una hora después, intenté comunicarme, pero mi celular cayó al suelo, se abrió y se apagó.  Pude volver a encenderlo, pero el mensaje de "batería baja" apareció, como una sentencia o un aviso divino: hoy andarás sola.

No tuve problema con eso.  Quiero decir, entre observar miles de cosas de forma rápida y superficial a caminar lentamente, disfrutando el olor y la apariencia de las antigüedades, prefiero lo segundo.  Además, existe una pequeña magia en caminar sola por calles desconocidas, es como si el mundo fuera más enigmático, en una hermosa manera.

Después del museo regresé al hotel.  Sus cosas estaban, pero mis compañeras no.  Nos debimos cruzar por el camino.  Decidida a no desperdiciar mi último día en Londres sentada en el hotel intentando -infructuosamente- comunicarme, elegí explorar por mi cuenta los lugares que habíamos planeado visitar, sin perder la esperanza de encontrarnos de nuevo.  Fui a la Catedral de San Pablo, a King's Cross y a la Biblioteca Británica.  Parte de mí pensaba "esto sería más divertido con ellos" y otra parte quería hacer alarde de ser completamente autosuficiente.  Un día interesante.  Mi reflexión fue:

Cuando entras a la Catedral de San Paul no puedes hacer más que creer que Dios existe. Luego piensas en la opulencia, la hipocresía y el poder en nombre de lo sacro.  No importa. En ese segundo en que ningún otro pensamiento habita en tu mente, cuando solo escuchas el coro resonando en esas antiguas paredes y observas los increíbles grabados, Dios existe.




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