13 de septiembre de 2013

Apología al Tercero

Para mí, las mejores historias son las que hablan del destino, del cambio en las vidas de las personas debido a un encuentro, consigo mismos o con otros.  Las mejores historias de encuentros con otros son aquellas en las que hay más de dos, ¿me explico?  El romanticismo es una cosa curiosa y complicada de explicar, si me piden una definición yo diría que el romanticismo es cursilería inteligente.  En las historias románticas siempre hay una pareja, ¿no es así?  El chico y la chica, dos chicos, dos chicas, no importa que tan dispareja o similar sea, siempre hay una pareja. Si quedan juntos o no al final no es lo importante, lo realmente interesante es el camino, la historia, no el desenlace.

Regreso a mi punto, las mejores historias de encuentros con otros son aquellas en las que hay más de dos.  Tenemos a la pareja, chico y chica en este caso, y por más variaciones que tenga la historia, sabremos que habrá un encuentro, que tendrán que superar obstáculos y dependiendo de lo que pase quedarán o no juntos.  Pero no es la pareja lo que me interesa sino el tercero, ese personaje que surge muchas veces de la nada y cambia el curso de la historia, o no.  Ese personaje que agrega el "picante" a la trama cuando ésta se está volviendo predecible, o que simplemente hace cuestionar al espectador o lector sobre la pertinencia de la pareja: nos puede hacer pensar "él es mejor", "ella verdaderamente lo quiere", incluso, "se ven mejor ellos dos".  En algunas ocasiones su aparición es fugaz y no produce más que situaciones conflicto que a la larga se resuelven; en algunas historias el tercero se vuelve el segundo –o la segunda– y  desequilibra la balanza, desplazando a uno de los protagonistas.  Pero hay otras ocasiones – ¡esas otras! – en las que ese tercero se gana nuestro aprecio como lectores o espectadores y, aunque nos haga pensar "él es mejor" o "ella lo quiere más", no consigue en la historia ser más que eso que ya es, un tercero en un sitio en el que sólo caben dos, la pieza sobrante del rompecabezas.

Hay versiones de versiones, algunos autores o directores, por piedad o por simpatía, deciden que al final el tercero debería tener su propio dueto así no sea con el o la protagonista, y le consiguen su propia pareja o dejan abierta la posibilidad con un nuevo encuentro.  Perdonarán mi dramatismo, pero no es éste el final que prefiero, mi escrito es una apología al tercero, a ese personaje que no consigue a quien quiere, que se queda solo al final, ése que pierde el juego, que no cuadra en el rompecabezas y que no lo hará por más que quiera, por más que lo intente, por más que duela...  ¿Y por qué? ¿Por qué debería apoyar al tercero? ¿Por qué hacer una apología al perdedor?  Simple.  Porque el tercero es «un trago de vida», es el ancla hacia la realidad.


En el juego del amor –porque es un juego, no me cabe duda– unos ganan y otros pierden, tengo la certeza de que no se puede amar a alguien sin lastimar a otro, aunque no se pretenda hacerlo.  Es lo complejo de la vida en sociedad, es el precio de los encuentros con otros, es lo que diferencia la realidad del idilio.  Ese personaje, el tercero, es quien hace la historia verídica por más inventada que sea, es la gota de realismo necesaria en toda historia de encuentros, búsquedas, hallazgos y despedidas.  Por ello, mi gratitud y afecto a todos los terceros que he conocido y a los que vendrán.  Ustedes, terceros, no cuadran ni cuadrarán, pero esta romántica –realista– empedernida los seguirá apoyando más allá del final.


12 de septiembre de 2013

Horas

3:03, 5:05, 6:06, 8:08...

El mundo me quiere decir algo, la pregunta es qué.  ¿No podrías ser un poco más claro?  Sé que el simbolismo es tu carta de presentación pero, ¿tal vez podrías hacer una excepción?
Ya no creo en los juegos de antaño, quiero decir, ¿cómo podrían pensarme en un mismo día una F, una J, una A, una L, una C, una P y una G?  Es bastante improbable y no creo que sea el número de la lotería, aunque lo guardaré por si acaso...